Contenido del Podcast
Ah, San Valentín.
Toca hablar de amor en el podcast. Y son muchas las leyendas medievales aragonesas que hablan de amores, sí. Pero pocas son tan perturbadoras y retorcidas como una que incluye amores, pasiones prohibidas, zombies, traiciones y corazones más rotos que un plato de Duralex estampado contra el suelo.
Esta es la historia de la enterrada viva de Alfambra.
Alfambra, "la roja"
Alfambra es un pueblo de la comarca de la Comunidad de Teruel, a unos 25 kilómetros de la propia capital. Su historia se remonta nada menos que a la Edad del Bronce, o eso nos dicen la arqueología y los restos hallados en la Peña Dorada y en el Castillo.
Su nombre parece ser que procede del árabe al-Hamra, que suena sospechosamente parecido a Alhambra porque vienen del mismo sitio y significan exactamente lo mismo: "la roja", en el caso de Alfambra por el color rojizo de las tierras que rodean al pueblo. Conquistada por Alfonso II "el Casto", Alfambra acabó en manos de las órdenes militares de Monte Gaudio, el Temple (que terminó absorbiendo a Monte Gaudio cuando desapareció) y los Hospitalarios.
Entre su increíble patrimonio podemos nombrar su iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, con esa reliquia de Santa Beatriz que según la tradición local fue traída por el gran maestre hospitalario Juan Fernández de Heredia; las ermitas de San Juan Bautista y Santa Ana (que está decorada por unas pinturas murales bestiales y tiene cerca un reloj analemático, que es una movida interesante); o su estación de tren y su viaducto, que iban a formar parte de la fallida línea ferroviaria entre Baeza y Saint Girons.
Y qué decir de su castillo, uno de los más importantes del sur de Aragón. Que además es el escenario de una leyenda truculenta que tiene como protagonista a un personaje muy real: Rodrigo Álvarez de Sarria.
Rodrigo Álvarez de Sarria, el gallego
El conde Rodrigo Álvarez de Sarria fue miembro de una familia nobiliaria gallega bastante potente y tras viajar a Tierra Santa fundó la orden militar de Monte Gaudio para proteger a los peregrinos que iban a visitar los lugares santos.
Cuando Jerusalén cayó en manos de Saladino, la sede de la orden se trasladó a la península Ibérica. Y más concretamente al recién conquistado castillo de Alfambra, que fue encomendado por Alfonso II "el Casto" al bueno del conde para que le ayudase a defender la frontera sur del reino de los musulmanes.
Cuentan de Rodrigo que era un hombre honrado y trabajador, y también que estaba coladito hasta los huesos por su señora esposa.
Y se encontró con el rey de Camañas
No muy lejos de Alfambra tenemos Camañas (si le hacemos caso a Google Maps, a menos de 30 km), que en ese momento estaba gobernada por un rey musulmán con un ego enorme y al que le gustaba salir a cabalgar. Un día, durante una de sus rondas de vigilancia y reconocimiento, el conde Rodrigo se cruzó con el rey y empezó a perseguirlo.
Y en mitad de la persecución estaban cuando el rey frenó en seco al caballo, se giró y sacó a pasear lo que tenía entre las piernas, preguntándole al amigo Rodrigo qué le parecía el tamaño de su "lanza" (cosas que pasan, empiezas con una persecución a muerte y acabas viendo una exhibición de "lanzas"). El conde se acabó riendo tanto que al final dejó escapar al rey.
Olor a traición
Durante la comida con su señora, Rodrigo se acordó de la "lanza" del rey y se echó a reír: tanto preguntó la condesa, que le acabó contando la historia. Y aunque ella fingió no darle importancia, se quedó con el runrún.
Después de comer, le escribió una carta al rey de Camañas y se la mandó en secreto a través de su secretario. En ella le contaba que se había enamorado locamente y le proponía indecentemente que se vieran a espaldas del conde para que pudiera medir su "lanza" y comprobar en persona si era verdad lo que le habían contado de ella.
La "muerte" de la condesa
El rey aceptó, tanto por ganas como por venganza contra el conde.
Pero había un problemilla: ¿cómo sacaban a la condesa del castillo de Alfambra sin que media orden de Monte Gaudio se les echara encima?
La magia siempre es la solución: el rey buscó a un hechicero que le dio un grano con un narcótico tan potente que, si la condesa se lo metía debajo de la lengua, entraría durante ocho días en un coma tan profundo que casi parecería estar muerta.
(En serio, pero qué debía llevar el grano ese).
Un mercader de confianza del rey fue supuestamente enviado a Alfambra a comerciar, pero la realidad es que lo mandaron a darle el grano a la condesa, que se lo puso bajo la lengua antes de dormir y así "murió".
Un corazón roto
Al conde Rodrigo se le rompió el corazón en trocitos infinitos.
¿Cómo iba a estar muerta su mujer si el cuerpo seguía caliente? (¡bien por el observador Rodrigo!). Incluso se convenció de que tal vez estuviera dormida y no pudiera despertar (¡ese es nuestro Rodrigo!), así que se le ocurrió una idea extrema: echar plomo fundido en la palma de la mano de su mujer con varios testigos delante (ahí te has pasado, amigo). Pero la condesa no despertó y encima terminó con un boquete en la mano.
Tres días después de encontrarla, el conde Rodrigo se convenció de su muerte y por fin permitió que fuera enterrada en una tumba preciosa.
Vuelta al mundo de los vivos
Volvamos al mercader, porque el rey de Camañas lo mandó con instrucciones.
La misma noche del entierro, abrió la tumba, sacó el grano de la boca de la condesa y esperó a que despertara. En cuanto le dio de cenar, se fueron pitando hasta Camañas y allí se convirtió en la mujer del rey musulmán.
Solo el rey, el mercader y la propia condesa sabían la verdad. A los sirvientes se les contó el bulo de que había sido comprada por unos 12000 sueldos en tierras muy lejanas.
La mano delatora
Ocho meses después, durante una tregua, un mendigo llegó hasta Camañas. Y la condesa, generosa como era, le ofreció pan: aquel hombre pobre fue uno de los testigos que vieron cómo echaban plomo fundido en la palma de la condesa y por eso reconoció su mano en cuanto la tuvo delante.
El mendigo volvió a Alfambra para avisar al conde Rodrigo, que se pensó que aquel hombre estaba loco. Y para demostrar que mentía, ordenó abrir la tumba.
Y se la encontró vacía.
Una traición y una venganza
Rodrigo decidió rescatarla de las garras del conde.
Se disfrazó de mendigo para no ser reconocido y viajó hasta Camañas muy bien acompañado en secreto por un escuadrón de caballeros de Monte Gaudio. Consiguió entrar al castillo y cuando estuvieron a solas, se quitó el disfraz delante de su mujer, que le contó el peliculón de que estaba retenida contra su voluntad.
Sabiendo que el rey volvería en algún momento, hizo perder tiempo a su marido. Y cuando escuchó cómo llegaba el monarca, convenció a Rodrigo para esconderse en un arcón que luego cerró con llave. Después de una sesión de fogosidad, la condesa preguntó al rey qué daría si alguien le entregaba al conde y él respondió que la mitad de su reino.
Entonces abrió el arcón, traicionando a Rodrigo.
El rey le preguntó al conde qué haría si la situación fuese a la inversa: y la respuesta fue que le pondría una cadena al cuello y le obligaría a llevar un cuerno en la mano que tendría que hacer sonar para anunciar que su muerte estaba cercana. Le dijo que llevaría sus mejores ropas e iría montado en un carro, mientras haría que sus hombres fuesen a caballo celebrando que lo iban a chamuscar vivo.
Tanto le gustó la idea, que la copió.
La comitiva fue avanzando mientras el conde tocaba el cuerno, pero igual de inteligente era él que su mujer. Y al tocar el cuerno avisó a los caballeros de Monte Gaudio que habían venido con él y que se acabaron enfrentando y venciendo a las tropas del rey de Camañas, que como estaban de fiesta iban desarmadas.
El rey y la condesa fueron capturados y quemados vivos en una hoguera en la peña Palomera, donde hay quienes cuentan que al pasar por allí todavía los escuchan gritar de dolor.
No es oro todo lo que parece
La condesa.
¿Es que no tenía nombre esta mujer?
Pues sí, de hecho se llamaba María Ponce de Minerva Ramírez y era de muy buena familia. De su matrimonio con Rodrigo Álvarez de Sarria no nacieron hijos, así que decidieron separarse de mutuo acuerdo y posteriormente, ella se retiró al monasterio de Carrizo, del que llegó a ser su primera abadesa.
Así que ni líos con el rey de Camañas, ni zombies, ni traiciones, ni concursos de lanzas.
Esta leyenda está recogida en el manuscrito 353 que se conserva en la Biblioteca de Cataluña y que es un códice que, según el historiador Fernando López Rajadel, probablemente fue escrito por los Martínez de Marcilla para exagerar los orígenes de su linaje y de paso hacerse un poquito la pelota frente a otras familias nobles.
Amores y desamores
Vaya peliculón se montaron los Martínez de Marcilla para quedar bien.
Parte de la leyenda de la enterrada viva de Alfambra se representa en la Subida a la Encomienda, una recreación histórica que se celebra en este pueblo para recordar ese pasado ligado a las órdenes militares.
Y dicho todo esto, os recuerdo que si queréis que hable sobre algún tema que os guste, podéis contactar conmigo a través de las redes sociales del podcast o mediante el formulario en aragonhistoriasyfalordias.com.
