Contenido del Podcast
El 700 aniversario del fin de la tortura judicial en Aragón
En 2025 se cumplen 700 años de la prohibición de la tortura judicial en Aragón: en 1325, el rey Jaime II a petición de representantes de las Cortes de Aragón confirmó el Privilegio General por el que se prohibía la tortura judicial en Aragón. Además, si hablamos de ellas y con el día 20 de diciembre tan cerca, debemos nombrar a una figura fundamental de nuestra historia y repasar el momento histórico por el que perdió algunos de sus privilegios.
El Justicia de Aragón
Orígenes de la institución
El origen de esa figura que, con el paso de los siglos, se acabará denominando "Justicia de Aragón" podríamos ir a buscarlo a la época de Alfonso I "el Batallador", momento en que se hace mención al “Justicia del Rey”, una especie de asesor que formaba parte de la curia real, que vendría a ser como el antecedente de las Cortes de Aragón.
Transformación en juez del reino
Hablando de ellas, en 1265 y siendo rey Jaime I se celebraron las conocidas Cortes de Ejea de los Caballeros: para entonces el Justicia se ha convertido en una institución propia del reino, siendo el juez que se encargaba de juzgar las movidas entre el rey y la nobleza. Unas décadas después pasará a hacer lo mismo entre los nobles.
La figura en los siglos XIV–XVI
A partir del siglo XIV, el Justicia de Aragón será el intérprete de los fueros de Aragón y podrá presidir las Cortes en ausencia del rey. Y a partir del siglo XV, pasará a ser un cargo vitalicio sin posibilidad de destitución.
Así que si tocaba justicia inepto, Aragón se lo tenía que tragar hasta que se fuera al otro barrio.
Llegado el siglo XVI, el Justicia de Aragón era una figura poderosísima que acabará en el ojo del huracán cuando Antonio Pérez decida llevarse por delante a Juan de Escobedo.
El asesinato de Juan de Escobedo
Antonio Pérez y su influencia en la corte
Antonio Pérez del Hierro era secretario del Consejo de Estado de Felipe II: gracias a su cargo estaba al corriente de la política exterior e interior, contaba con grandes apoyos en la corte y tenía total confianza del rey, al que tenía un pelín engañado. Y es que digamos que no compartía opiniones sobre la política real.
Así que se puso a intrigar contra el rey (cómo nos gusta una buena intriga).
Mientras estaba con sus movidas palaciegas, llegó a la corte Juan de Escobedo, secretario de Don Juan de Austria, (el hermanastro de Felipe II), y que empezó a sospechar que Pérez estaba tramando algo.
El crimen y sus consecuencias
Por miedo a ser descubierto, perder sus privilegios y acabar en la cárcel (o en el cementerio), Antonio Pérez decidió cerrarle la boca para siempre. Pero antes convenció a Felipe II de que Escobedo no era la mejor persona del mundo, así que sería ideal silenciarlo eternamente.
¡Y Felipe II estuvo de acuerdo! (conste que no ordenó el asesinato, que os veo venir; pero tampoco le importó que Escobedo desapareciera del mapa).
Y así es cómo Juan de Escobedo es asesinado en 1578.
Parecía que Antonio Pérez se saldría con la suya, pero un hombre con familia y un cargo importante había muerto: Felipe II terminó dándose cuenta de que ahí pasaba algo, se arrepintió y ordenó detener a Pérez. Durante más de 10 años estuvo jugando con su vida y su posición para hacerle confesar.
Pero no lo consiguió.
Porque Antonio Pérez se envalentonó y amenazó al rey con revelar secretos de estado. Y Felipe II respondió dando orden de torturarlo en la cárcel: es 1590 y unos meses después, Pérez huyó de prisión y llegó a Aragón.
La Manifestación: un privilegio único
Antonio Pérez se refugia en Aragón
Antonio Pérez y su familia se instalaron en Calatayud, desde donde envió una carta a Felipe II intentando buscar una solución pacífica al problema en que se había metido.
El rey se negó en rotundo y nombró una Junta para gestionar este asunto que sentenció que:
“Lo debían condenar y condenaban en pena de muerte natural de horca y a que primero sea arrastrado por las calles públicas en la forma acostumbrada. Y después de muerto le sea cortada la cabeza con un cuchillo de hierro y acero y sea puesta en lugar público”.
Te lo han dejado cristalino, Antonio.
¿Por qué Aragón?
Llegó la hora de jugar su baza escondida: teniendo miles de posibilidades para huir, ¿por qué Aragón?
Sencillamente porque en este reino la tortura judicial estaba prohibida desde el siglo XIV y, aunque él no era aragonés de nacimiento, su familia procedía de Monreal de Ariza y eso lo convertía casi en aragonés. Antonio Pérez se acogió a la Manifestación, un privilegio contemplado por los fueros de Aragón que le ponía bajo tutela directa del Justicia de Aragón, que en ese momento era Juan de Lanuza y Perellós “el Zorro”, y le garantizaba un juicio justo.
Según nuestras leyes en Aragón no se podía juzgar a un aragonés por haber cometido delitos fuera del reino (llámalo robar un jamón o cargarte a Juan de Escobedo), así que Antonio Pérez no podía ser juzgado en nuestro reino. A esto debemos sumar que consiguió apoyos como los del duque de Villahermosa, el conde de Aranda o Diego Fernández de Heredia.
La cárcel de los Manifestados
Pérez fue trasladado a la cárcel de los Manifestados en la plaza del Mercado de Zaragoza, una prisión donde la única autoridad válida era la del Justicia de Aragón.
Puestos a jugar bazas, Felipe II también sacó la suya: como la vía civil no daba resultados, acusó a Antonio Pérez de homosexual, blasfemo y hereje.
¡Claro que sí! ¡Que entre la Santa Inquisición en el juego!
El 24 de mayo de 1591: la revuelta estalla
El intento de traslado y la respuesta popular
24 de mayo de 1591.
La fecha del traslado de Antonio Pérez a las cárceles de la Inquisición en la Aljafería de Zaragoza.
En pleno trayecto, los zaragozanos con Diego Fernández de Heredia a la cabeza reaccionaron, hirieron de muerte a Íñigo López de Mendoza y Manrique de Luna, y devolvieron a Antonio Pérez a la cárcel de los Manifestados.
La amenaza de Felipe II
Represalias inminentes
¿Quién era el tal Íñigo López de Mendoza y Manrique de Luna?
Pues el primer marqués de Almenara y representante de Felipe II en Aragón. Huele a represalia en el ambiente, no me preguntéis por qué.
Si Aragón eligió violencia, Felipe II también: ordenó a las tropas preparadas para luchar en las Guerras de Religión francesas que se concentraran en Ágreda, ahí bien cerquita de la frontera para que se notase la presión. Y además mandó unas cartas a diferentes localidades pidiendo calma y obediencia al virrey.
La Diputación vacila
La Diputación del Reino entró en pánico así que, previa consulta con unos abogados, llegó a la conclusión de que entregar a Antonio Pérez a la Inquisición no iba contrafuero. Pero cuando los diputados lo intentaron, llegaron las amenazas de los partidarios de Pérez y abortaron la misión.
Además, en lugar de ponerse del lado de Felipe II para intentar salvar sus pescuezos, acusaron al rey de haberse inventado las acusaciones contra Antonio Pérez. Y si Zaragoza no podía verlo ni en pintura, ahora lo odiaba aún más.
Nuevo intento de fuga
Mientras Antonio Pérez intentó fugarse de la cárcel de los Manifestados, pero fue descubierto y se decidió su traslado a una prisión de mayor seguridad hasta que se decidiese qué hacer definitivamente con él.
24 de septiembre de 1591: un día decisivo
Muerte del Juan de Lanuza y Perellós
Se fijó una nueva fecha de entrega: 24 de septiembre de 1591.
Pero cuando faltaban dos días Juan de Lanuza y Perellós “el Viejo” se fue para el otro barrio y toma posesión del cargo su hijo Juan de Lanuza y Urrea “el Mozo”, que solamente tenía 27 años.
Violencia en Zaragoza
Para evitar problemas, el día de la nueva entrega el gobernador de Zaragoza decidió distribuir tropas por donde iba a pasar la comitiva con Antonio Pérez, amenazó de muerte a todo el que opusiera resistencia y mandó cerrar las puertas de la ciudad.
Fantástica idea, sí: dejó dentro a todos los partidarios de Pérez.
Nada más comenzar el recorrido, un joven gritó "¡Viva la libertad!", lo mandaron al cementerio de un arcabuzazo y la ciudad entera estalló.
Liberación de Antonio Pérez
Después de llevar los papeles de la entrega al nuevo Justicia Juan de Lanuza y al virrey de Aragón, los inquisidores fueron a buscar a Antonio Pérez: cuando los zaragozanos vieron llegar los carruajes, se les echaron encima y 30 personas acabaron muertas esa día.
Luego, liberaron a Pérez que llegó a Francia después de dar muchas vueltas.
La invasión de Aragón
El reino se levanta
Felipe II dio orden a las autoridades aragonesas de guardar o destruir las armas para que no cayeran en manos de los amotinados, pero con el ejército real en la puerta de casa los diputados hicieron todo lo contrario y se las dieron a los rebeldes, que acabaron controlando Zaragoza capital.
El rey mandó a sus tropas entrar en Aragón, avisando de que lo hacía para reinstaurar el orden, la justicia y la autoridad de la Inquisición. Seguro que sí, Felipe. Segurísimo que sí.
Los diputados quisieron declarar la entrada del ejército real como contrafuero, pero antes necesitaban el consentimiento del Justicia: y como nuestro Juan de Lanuza lo dio, la Diputación del Reino se levantó oficialmente en armas contra Felipe II.
Un ejército insuficiente
Se pidió ayuda, pero entre que las comunicaciones eran muy lentas y muchas localidades no tenían claro qué hacer, la cosa quedó en nada.
Juan de Lanuza, el conde de Aranda y el duque de Villahermosa, que eran las cabezas más visibles de la rebelión, esperaban reunir a unos 24000 hombres: solo se presentaron 2000 y la mayoría no sabían ni coger un arma.
Nos van a reventar.
Derrota inevitable
8 de noviembre de 1591.
Juan de Lanuza y sus 2000 hombres van camino de Utebo: para retrasar a las tropas reales, el Justicia había dado orden de destruir el puente sobre el Ebro en Alagón. Los soldados de Felipe II se lo encontraron intacto y sin vigilancia, solo les faltaba la alfombra roja hasta Zaragoza.
Con semejante panorama, el Justicia abandonó a sus tropas y se largó a Épila, donde ya estaban el conde de Aranda y el duque de Villahermosa. Los ejércitos no se llegaron ni a tocar y el 12 de noviembre de 1591 las tropas reales entraban tranquilamente en Zaragoza.
El castigo a Juan de Lanuza
Estrategia final de Felipe II
Huele a represión en el ambiente.
Pero, como han reconocido muchos historiadores, Felipe II fue muy inteligente. Se aseguró de quitarle las ganas de otra rebelión a Aragón y para eso solo tuvo que esperar a que salieran de la madriguera los tres ratoncillos que estaban en Épila.
La injusta ejecución del Justicia
Cuando los ánimos se calmaron, Juan de Lanuza decidió regresar a Zaragoza sabiendo que en algún momento el castigo de Felipe II caería sobre él.
Y acertó.
El 19 de diciembre de 1591 fue capturado; al día siguiente, sin juicio previo y pasándose los fueros de Aragón por el arco del triunfo, el rey lo mandó degollar y decapitar en la plaza del Mercado de Zaragoza.
Era 20 de diciembre de 1591, una fecha grabada en la memoria colectiva de Aragón.
Reflexión final y legado
Algunas cuestiones para ir terminando: el conde de Aranda y el duque de Villahermosa también fueron encarcelados y parece ser que murieron de forma extraña un tiempo después.
No suena para nada sospechoso.
Por más que se diga Felipe II no acabó con la institución del Justiciazgo, pero sí hizo algunos cambios: a partir de las Cortes de Tarazona de 1592, el rey seguía nombrando al Justicia como había hecho hasta entonces, pero ahora podía destituirlo si cometía alguna falta grave. Quién sí terminó con el Justiciazgo y la Corona de Aragón fue Felipe V con sus Decretos de Nueva Planta.
¡Echamos el cierre!
La historia de Juan de Lanuza y Urrea "el Mozo" no termina aquí, y es que incluso muerto ha seguido dando qué hablar.
Os recuerdo que si queréis que hable sobre algún tema que os guste, podéis contactar conmigo a través de las redes sociales del podcast o mediante el formulario en aragonhistoriasyfalordias.com.
¡Que paséis un día de leyenda!
